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El día que la Guardia Civil llegó y le enseñó las imágenes comenzó a sentirse enfermo. Todo estaba allí. Los fotogramas lo mostraban claramente. Los tocamientos. Los abusos. Todo lo que su mente había logrado arrinconar. Mario (nombre ficticio) no pudo continuar con su declaración policial. Los vídeos que la Guardia Civil investigaba, y que atestiguaban los abusos a los que el religioso José Ángel Arregui Eraña -condenado el jueves en Chile- le había infligido, eran demasiado explícitos. Ver esas imágenes fue para él, como para muchas de las víctimas que hace años sufrieron las prácticas del que era su profesor, un flash-back. Algunos habían olvidado los hechos. O pensaban que ocurrieron sólo una vez. Otros ni siquiera fueron conscientes de que habían sufrido abusos hasta que los vieron en la pantalla, años después. Es un comportamiento común, según los expertos, entre las víctimas de este tipo de agresiones en la infancia.

"Olvidar no es ni bueno ni malo. Cada persona sobrelleva sus situaciones como puede. Eso hace que cada uno, consciente o inconscientemente, escoja la forma de sentirse más protegido. Y esa fórmula pasa muchas veces por olvidar", explica Pilar Polo, psicóloga de la Fundación Vicky Bernadet, una institución que atiende desde hace más de 10 años a víctimas de abuso sexual.

El cerebro humano es sabio. Y busca mecanismos para enterrar lo que duele. Lo que hace sufrir. Eso que puede impedir llevar una vida normal. "Si lo vivido es doloroso la memoria puede suprimirlo", aclara Polo. Tanto, que ese mecanismo de defensa puede provocar que los recuerdos de un abuso sexual infantil duerman durante años. Queden tapados hasta que una situación, un comentario o incluso una película los despierten. "Para algunas personas ese bloqueo en la memoria es tan grande que pueden llegar a no tener ningún recuerdo de su infancia", explica Polo.

Rebeca A. J. sí se acuerda de cosas de cuando era pequeña. De aquella vez que se cayó de la bici y se rompió el brazo. O de ese verano en el que su abuela les preparaba a ella y a sus primos bocadillos de beicon para cenar. Sin embargo, hasta hace cinco años no tenía ningún recuerdo de los episodios de abuso que había sufrido por parte de alguien de su entorno familiar. Los había escondido tan al fondo de su mente que era como si no hubieran ocurrido. Pero, aunque esta mujer de 31 años no lo sabía, esos abusos le habían marcado la vida. "Tenía depresiones, angustia... Y llevaba un tiempo sufriendo bulimia", cuenta.

Un día, Rebeca -que no quiere dar su apellido porque sólo una parte muy pequeña de su familia sabe lo que sucedió- volvió a encontrarse con su agresor. No lo veía desde que era niña. Desde que ocurrió todo. "Encontrarme con él fue horrible. Pero no fue tanto verle como escucharle. Ese tono de voz, esas palabras empalagosas de cariño... Empecé a tener recuerdos de escenas sueltas. A revivir lo que había pasado", relata. Esa voz que despertó en ella aquello que había mantenido dormido le hizo pedir ayuda. Acudir a tratamiento para tratar de atajar las secuelas que el abuso sexual le habían provocado.

"Las víctimas de abusos sexuales que no han recibido ayuda pueden padecer problemas de relaciones sociales, de sexualidad, dificultades de entregarse sanamente a la pareja, baja autoestima...", explica Vicky Bernadet, fundadora de la institución que lleva su nombre y que atiende actualmente a unas 150 personas en sus programas de terapia. La propia Bernadet, que sufrió abusos desde los 9 hasta los 17 años, cuenta que ella también padeció algunos de esos problemas. "Fui una adolescente rebelde, rara... En el fondo buscaba llamar la atención", dice. Ahora tiene 56 años y una enorme vitalidad. Sus palabras emanan energía y habla de su situación con naturalidad y mirando a los ojos a su interlocutor. Su actitud contrasta con los años de silencio en los que se vio sumida. Bernadet vivió hasta los 34 años en la cárcel de su propio secreto. Hasta que su sobrina encontró unos poemas en los que había plasmado sus sentimientos hacia todo lo que había ocurrido. "Ahí se destapó todo. Fue el detonante que me hizo actuar", cuenta. Entonces buscó atención para su problema. Ayuda especializada. Terapias. Y no encontró nada. Así que decidió crear su propia institución para llenar ese vacío.

Y la respuesta ha sido inmensa. Su fundación, con sede en Barcelona, recibe cada día llamadas o correos electrónicos desde toda España pidiendo asistencia. Una situación que ha llevado a que un día a la semana sus psicólogas atiendan por teléfono a aquellos que están lejos y no han encontrado ayuda en su comunidad. Sólo hay que echar un vistazo a las cifras de varios estudios para comprender la magnitud del problema: entre un 20% y un 25% de las mujeres, y entre un 10% y un 15% de hombres españoles han sufrido abusos sexuales en la infancia. La cifra puede parecer alta, pero, según Bernadet, no lo es. "El abuso sexual no es sólo penetración", dice. De hecho, el National Center on Child Abuse and Neglect de Estados Unidos considera abuso sexual "todo contacto o interacción entre un menor y un adulto cuando éste utiliza al niño para estimularse sexualmente a sí mismo, al propio niño o a otras personas".

El abusador, como en el caso de Rebeca, de Vicky y de tantos otros, suele ser, además, alguien cercano al niño. Una persona de su familia -un tío, el hermano, el padre- o de su entorno -vecinos, amigos de los padres, profesores, monitores-. En unas polémicas declaraciones, el obispo de Tenerife hacía ayer referencia a esta realidad para defender a la Iglesia tras los últimos escándalos de abusos de sacerdotes. En declaraciones a la SER, dijo que estadísticamente la mayor parte de abusos y malos tratos a niños se dan en las familias.

Los expertos apuntan a que el agresor suele ser una figura de referencia para el menor. Alguien en quien este confía, lo que hace mucho más difícil que el niño hable. O simplemente que piense que lo que le está ocurriendo no es normal.

Y esa es otra de las fórmulas de olvido. Casi nadie recuerda las situaciones que considera comunes, ordinarias. Las cosas normales quedan tan diluidas que si intentáramos acordarnos de todas las revisiones médicas a las que nos hemos sometido no podríamos. Tampoco de los taxis que hemos cogido. "Sólo se recuerdan las cosas que destacan. Que nos llaman la atención por algo", apunta Clara González, psicóloga experta en abusos sexuales. Y ese es uno de los argumentos que muchos adultos que abusan de niños emplean. "Manipulan a los niños y muchas veces a su entorno para hacerles creer que todo lo que está ocurriendo es normal. Esto es lo que ocurrió probablemente con José Ángel Arregui. Hizo pensar a sus víctimas que las cosas que hacía eran normales", sostiene Polo.

De pequeña, cuando todo empezó, Bernadet creía que lo que le ocurría a ella les pasaba también a los otros niños. "Luego descubrí que no. Y fue angustioso. Pensaba: esto no puede estar bien; no puede estar bien si no puedo mirarle a los ojos", recuerda. Pero, al fin y al cabo, él era el adulto. El que sabía. La psicóloga Pilar Polo explica que los agresores hacen creer a los niños que lo que está ocurriendo es correcto. "Para un niño una cosa es mala cuando es violenta, y el abuso sexual infantil muy pocas veces tiene violencia física. Muchas veces los niños no saben dónde está el límite, y menos con una persona a la que respetan, en la que confían", sostiene. Y ahí está otra de las claves: los abusadores hacen creer a sus víctimas que son especiales para ellos.

"La autodefensa para muchas víctimas es ir tapando lo que les ha sucedido, lo que les está pasando", explica Tina Alarcón, directora del Centro de Asistencia a Víctimas de Agresiones Sexuales (CAVAS). "Esto no ocurre en las agresiones sexuales pero sí en los abusos. Si además el niño es muy pequeño y el abuso no ha sido doloroso se puede llegar a olvidar. Y si lo ha sido se puede llegar a crear una costra de olvido para tapar el sufrimiento", asegura Alarcón. "También se puede llegar a negar internamente lo que pasó. O hacerse creer a uno mismo que lo que sucedió no fue grave. O que no afecta, que ya se tiene superado", añade.

En el caso de Cristina Fernández, su verdugo era también, para el resto del mundo, su defensor. "Tenía todo con él. Me defendía y abusaba de mí. Recuerdo que cuando empecé a mostrarme rara con él algunos miembros de mi familia de decían: 'Pero cómo le dices eso, cómo te portas así con él, con lo que te defiende, con lo que te llega a querer'. Y lo que me quería... Lo quería todo conmigo. Me lo daba todo, todito, todo. 'Pues no me quieras tanto', pensaba yo", dice. Y se ríe de ese pequeño chiste que ha deslizado durante la conversación. "Ahora me río, intento bromear sobre ello. Eso es un síntoma de que me estoy recuperando", dice.

Cristina, como Vicky Bernadet, recuerda perfectamente los abusos. Es más, ninguna de las dos tiene ningún otro recuerdo de su infancia. Sólo oscuridad. Esa es, según Pilar Polo, una de las características comunes de las personas que empiezan terapia por haber sufrido abusos sexuales de pequeños. "Yo no me acuerdo de nada. Ni de la primera comunión, ni del primer día de colegio. Quieres borrarlo todo y acabas enterrando lo bueno y lo malo", explica Bernadet. Y apunta otra anécdota: "Hasta hace nada, si intentaba recordar mi imagen de cuando era pequeña me veía como una niña sin cara. Veía mi cuerpo, mi silueta, pero no tenía rostro". Un día, durante una conferencia para hablar de abusos sexuales, Bernadet por fin se vio. "Supongo que no me recordaba porque no me gustaba nada tener cara siempre de niña triste, cuando soy una persona muy alegre. Quizá esas ganas de ocultar la mala cara, esa máscara que llevé durante años para que nadie se enterase de lo que estaba ocurriendo provocaron después que me viera así, pixelada", dice.

A Cristina, de vez en cuando, le vienen a la cabeza flases, escenas de esos abusos. "Cuanto más tranquila estoy y más me relajo, más me ocurre", cuenta. Esta mujer de 46 años no asumió hasta los 38 lo que le había pasado. Para poder seguir viviendo, había enterrado sus recuerdos de los abusos. Pero había empleado una fórmula diferente de la de olvidar. Bloqueó toda emoción, todo sentimiento hacia esas vivencias.

Así, a los 38 años, después de ver a Bernadet en televisión, de leer varios libros, de acudir a terapia para solucionar otros problemas que después resultaron ser consecuencia de los abusos, decidió ir a la fundación catalana. "Pensé: '¿Quién es esa loca que habla de lo que le ha ocurrido a cara descubierta?", bromea mirando a Vicky, sentada frente a ella. Esa aparición en un reportaje televisivo llevó a las terapias y grupos de apoyo de la fundación a muchas personas más -víctimas, pero también familiares y amigos-.

Mireia Apesteguía, trabajadora social de la Fundación Vicky Bernadet, explica que las noticias sobre abusos sexuales, las apariciones en televisión hablando del tema o el descubrimiento de escándalos como el que está aflorando ahora en el seno de la Iglesia católica hace que mucha gente se decida a pedir ayuda. Algo fundamental para poder superar el abuso infantil. "A veces algo provoca que el cerebro haga clic y empiece a recordar todo lo que estaba dormido. Algunos han rememorado así los abusos que sufrieron. Otros simplemente siempre los tuvieron presentes, pero los han asumido, han llegado a la conclusión de que necesitan ayuda y deciden dar el paso", explica.

Apesteguía lo sabe muy bien. Es la persona que atiende a las víctimas que acuden a la organización por primera vez. Habla con ellos en una de las acogedoras salitas del piso de la fundación en el centro de Barcelona. Habitaciones donde nunca falta el paquete de pañuelos de papel sobre la mesa.

El olvido, pero también el bloqueo de sentimientos hacia lo sucedido, ocurren, según la directora de CAVAS, fundamentalmente cuando se guarda silencio sobre el tema. "Cuando el niño no contó lo que estaba ocurriendo. En los casos en los que se guarda silencio es muy difícil restaurar después el equilibrio de la persona", dice.

Polo, Bernadet, Alarcón... Profesionales y víctimas llaman la atención sobre la necesidad de prevención. Y de detección. "Hay que observar, sin llegar a caer en la sobreprotección, el comportamiento de los niños. Estos muchas veces nos dicen, sin hablar, lo que les pasa", dice Alarcón. "También hay que cuidar mucho cómo reaccionar si el niño -o luego, más tarde, el adulto- nos confía que está siendo víctima de abusos", aconseja Bernadet. Es la única manera de que estas víctimas no entren en la cárcel del silencio. Una prisión que, muchos, tardan años en abandonar. Otros no la dejarán nunca.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Abusaron/recuerde/elpepusoc/20100331elpepisoc_1/Tes

Comentarios 

 
0 #1 Campanilla 31-03-2010 11:05
Gracias por compartir el artículo!
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0 #2 Belladona 20-06-2010 01:23
Es muy dificil superar este tipo de cosas, el que alguien en tu seno familiar te infrinja este daño provoca secuelas terribles en la edad adulta, ojala que algún día toda la humanidad tome conciencia y en vez de dañarnos nos apoyemos unos a otros para poder vivir en plenitud y felicidad.
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0 #3 Belladona 20-06-2010 01:23
Es muy dificil superar este tipo de cosas, el que alguien en tu seno familiar te infrinja este daño provoca secuelas terribles en la edad adulta, ojala que algún día toda la humanidad tome conciencia y en vez de dañarnos nos apoyemos unos a otros para poder vivir en plenitud y felicidad.
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0 #4 shikaborder 17-08-2010 01:20
Me encanto este articulo, sobre todo porque soy una de esas personas "encerrada en la carcel del olvido y del silencio", a veces me digo a mi misma (por todos mis comportamientos ) que si, que me paso, pero algo dentro de mi se niega rotundamente a aceptarlo, sobre todo porque "quiza" el "abusador" es MI PROPIO PADRE!!!!
Gracias por este articulo tan educativo, un abrazo caluroso...
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0 #5 shikaborder 17-08-2010 01:20
Me encanto este articulo, sobre todo porque soy una de esas personas "encerrada en la carcel del olvido y del silencio", a veces me digo a mi misma (por todos mis comportamientos ) que si, que me paso, pero algo dentro de mi se niega rotundamente a aceptarlo, sobre todo porque "quiza" el "abusador" es MI PROPIO PADRE!!!!
Gracias por este articulo tan educativo, un abrazo caluroso...
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