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Como psicóloga psicoanalista especializada en el tratamiento de adolescentes, llevo 25 años trabajando con pacientes que se auto-cortan. He investigado sobre este síntoma y he publicado dos trabajos sobre la autolesión (Doctors, 1981, 1999). Sin embargo, no creo haberlo “descifrado” del todo. Mi objetivo en este capítulo es ensanchar las fronteras de nuestra comprensión un poco más enfocándolo desde los avances recientes de la teoría del desarrollo y de la investigación neurobiológica.
Autor: Doctors, Shelley
Traducción: Nick Cross y Rosa Velasco
Como psicóloga psicoanalista especializada en el tratamiento de adolescentes, llevo 25 años trabajando con pacientes que se auto-cortan. He investigado sobre este síntoma y he publicado dos trabajos sobre la autolesión (Doctors, 1981, 1999). Sin embargo, no creo haberlo “descifrado” del todo. Mi objetivo en este capítulo es ensanchar las fronteras de nuestra comprensión un poco más enfocándolo desde los avances recientes de la teoría del desarrollo y de la investigación neurobiológica.
Lo
curioso de este síntoma de “actuación” es el abismo que separa la
aparente simplicidad de la conducta observada y la complejidad de sus
orígenes y funciones. Los síntomas psicológicos siempre están
sobredeterminados, siempre tienen una multi-funcionalidad (Waelder,
1936) y por lo tanto siempre son asuntos complejos. No obstante, en la
auto-lesión (como, de hecho, en los trastornos alimentarios), hay una
diferencia notable entre la forma violenta de la conducta y la
intención, motivación, y/u objetivo de la persona que lo hace. Esta
discrepancia hace difícil la comprensión clínica y a menudo dificulta
un tratamiento apropiado. Aunque parece que la violencia sea inherente
al síntoma y lleva a los observadores a suponer que el cortarse
representa un intento de morir o dañarse, yo creo que el síntoma
refleja una estrategia para afrontar una experiencia intensa, abrumadora.
Haré hincapié en los avances de la teoría y de la investigación que
ayudan a saber como surge esta estrategia y como se mantiene y/o se
transforma.
La Violencia Emocional
Para
entender la experiencia emocional subjetiva de una persona que se
auto-lesiona, es necesario considerar las experiencias previas de “violencia emocional”
que conducen a que las personas, en momentos de necesidad, se aparten
de los otros para buscar (desesperadamente) el consuelo en una acción
dirigida hacia sí mismo. “La violencia emocional” refiere un
tipo de dolor que sufren aquellos que han experimentado una disfunción
significativa en la regulación diádica de la ansiedad emocional. La
violencia emocional la encontramos en un amplio abanico de
circunstancias personales, y la forma más extrema es tipificada en la
situación donde un padre o una madre abusa de un niño, física o
sexualmente, y lo daña aun más diciendo que el mismo niño había
provocado esta conducta, o bien, que el comportamiento del padre es un
acto de amor. Un ejemplo más común es cuando un niño necesitado de
reconocimiento y modulación parental de su ansiedad debe afrontar los
déficits de sintonización emocional. Experiencias de fondo de violencia
emocional crean la expectativa de que el dolor emocional debe ser
gestionado sin recurrir a otros, siendo uno de los factores de riesgo
que contribuyen al establecimiento de una vulnerabilidad a la
auto-lesión, síntoma que considero un esfuerzo de auto-gestión.
Avances Teóricos
Cuando empecé a estudiar a las personas que se auto-lesionan (Doctors 1981), intentaba entender la “agresión al self
…y …la capacidad para contrarrestarla” a través de la perspectiva de
las teorías del desarrollo existentes. Por lo tanto, hablé de la
necesidad de “marcar límites corporales en desintegración”, de
“extremos de tendencias ambivalentes: un acercamiento extremo y
retraimiento agresivo del objeto”, y de “convertir lo pasivo en
activo”.
Mientras
sigo considerando (Doctors, 1999) que la vulnerabilidad dolorosa está
en el centro del síntoma, me he alejado de las teorías del desarrollo
que ven la necesidad de distinguir el self del otro, y ya no
considero análogos la piel, límites corporales y límites del yo. Ahora
entiendo la vulnerabilidad del paciente dentro del contexto de la
familia de origen y de las circunstancias actuales (el entorno
intersubjetivo formativo y el ambiente intersubjetivo actual). En mi
opinión, la teoría de apego (Ainsworth, 1963, 1967, 1968; Bowlby, 1958,
1959, 1960, 1969) y las recientes investigaciones en primera infancia
(p.ej., Beebe & Lachmann, 1998; Sander, 1977, 1985), proporcionan
una comprensión más auténtica y más útil del desarrollo. La
investigación ha confirmado lo que los teóricos de la intersubjetividad
propusieron (Stolorow, Atwood & Brandchaft 1987). El desarrollo de
la persona siempre está intrínsicamente relacionado con los contextos
específicos en donde ocurre. Es útil entender las experiencias de
vulnerabilidad dolorosa y las estrategias desarrolladas para
afrontarlas como secuelas de sistemas relacionales disfuncionales. Los
padres inseguros o desorganizados (en referencia a la teoría del apego)
utilizan modos de procesamiento de afectos que a menudo agudizan la
ansiedad emocional de sus hijos; no se puede entender la vulnerabilidad
del niño que crece en este entorno sin hacer referencia al sistema
relacional en el que se desarrolló, como veremos en las viñetas que
siguen a continuación.
La teoría del desarrollo ha avanzado significativamente por la brillante integración de la infant research
(investigación empírica en primera infancia) y la experiencia clínica
de Beatrice Beebe y Frank Lachmann (2001). Su teoría de la
co-construcción evolutiva y recíproca de los procesos internos y
relacionales nos permite entender porque algunos individuos dependen de
un tipo de “auto-gestión excesiva” observada en los que se auto-cortan.
Además, comprender la relación que existe entre procesos internos y
relacionales forma parte de una teoría de cura psicoterapéutica ya que
los procesos diádicos caracterizados por la interacción
terapeuta/paciente más adelante pueden (re-)organizar procesos tanto
internos como relacionales (Beebe & Lachmann, 1998, p. 456). Como
la regulación de procesos internos (auto-regulación) es tan fundamental
en la comprensión de la conducta de la auto-lesión, más adelante
volveré al innovador trabajo de Beebe y Lachman sobre la
auto-regulación y la regulación interactiva.
Considerar
el mundo interno como una estructura fundamentalmente coordinada por
procesos relacionales facilita el reconocimiento de los patrones
interactivos implicados en la regulación de estados internos. Si la
disfunción en la regulación diádica de la angustia proviene de una
figura parental rechazante o intrusiva, el individuo que crece en tal
entorno tendrá que hacer frente a la falta de un otro fiable. Ahora
pienso que la auto-lesión es un modo de regular un estado del self
en una persona que ha aprendido a no esperar una facilitación
considerada de los demás. Ya anticipaba esta noción de la importancia
de las expectativas aprendidas cuando escribí: “el cortarse a menudo es
una “imagen” concretizada y un intento de contrarrestar una experiencia
actual o inminente de pérdida del self (Doctors, 1979, 1981) y la
amenaza concomitante de aniquilación personal (Orange, Atwood &
Stolorow, 1997) experienciada cuando el entorno brinda un apoyo
insuficiente o cuando se le siente agresivo”. La experiencia
interactiva desencadena cambios en las estrategias de auto-regulación.
Además
del enfoque de los procesos de desarrollo, mencionaré los avances en la
comprensión de las conexiones cerebro-conducta, ya que iluminan la
persistencia del síntoma y nos permiten mejorar nuestros esfuerzos
terapéuticos. Empezaré por definir el problema, haciendo un comentario
sobre la epidemiología, describiré un ejemplo típico de auto-lesión y
luego a través de unas breves viñetas clínicas ilustraré mis ideas
principales.
Definición
Prefiero
la expresión “cortes superficiales” (Pao, 1969) porque distingue al
individuo que realiza incisiones superficiales, delicadas y
cuidadosamente diseñadas del que hace únicas incisiones, bastas y
profundas, cercanas a puntos vitales. Los que se cortan de forma
delicada (o más comúnmente, los que se auto-lesionan) se inflingen
heridas que son poco profundas o superficiales y no profundas y
severas. Tienden a hacerse varios cortes poco profundos o arañazos y a
menudo lo repiten una y otra vez. Y lo más importante es que las
heridas reflejan el mantenimiento de un grado de control más que dar
cuenta de un abandono exhaustivo (Doctors, 1981).
Prefiero
no utilizar el término “conducta para-suicida” ni “auto-mutilación”
para describir esta conducta, aunque en la mayoría de los artículos
relevantes la encontramos bajo estas categorías. La auto-lesión
(cortarse de forma delicada)[1] está dentro de la esfera de dañarse el cuerpo de forma deliberada pero sin intento de suicidio, a pesar de la presencia de una ideación casi-suicida.
Sin embargo, en ocasiones esta auto-lesión (cortarse de forma delicada)
puede ser mortal (sin la intención de serlo), y además puede
evolucionar a formas de auto-lesión más severas y por lo tanto
incrementar la posibilidad de muerte, yo creo que una terminología que
tiene connotaciones peyorativas solo sirve para complicar la búsqueda
de una comprensión de la esencia psicológica de esta conducta.
¿Y la violencia?
Los que observan esta conducta sienten intuitivamente que cortarse la propia piel es una reacción violenta
a una ansiedad emocional. ¿Por qué alguien se cortaría al sentirse mal?
¿Cómo se puede entender esta agresión dirigida hacia sí mismo?
La
reacción de quien se corta pertenece en gran parte a una experiencia de
inminente catástrofe psicológica que, hablando subjetivamente, es
“sentida” como amenazante. Una necesidad urgente de gestionar una
experiencia desorganizadora de vulnerabilidad está en el centro del
episodio de auto-lesión. Desesperadas circunstancias psicológicas
exigen medidas extremas. Lo que es más difícil de entender del síntoma
es lo siguiente: la conducta considerada problemática por los observadores (padres, profesores, amigos, y terapeutas), es vivida por el adolescente como una manera de solucionar problemas.
La conducta que un observador identifica como violenta la experimenta
el adolescente como un modo de tratar o anticipar un estado
insoportable del self. Un estado de intensidad emocional que se
intensifica rápidamente anuncia una experiencia de pérdida del self. La
amenaza de pérdida del self es una señal de emergencia para quien se
corta. Aquellos que denominan a esta conducta “auto-destructiva”
enfocan concretamente las heridas hechas (y la impulsividad y/o
compulsividad del acto de auto-lesión), mientras que estos
adolescentes, que sienten los cortes como restaurativos del self ,
enfocan el impacto de la conducta sobre el sentido de self. Los que se
auto-cortan sienten alivio al poder contrarrestar la vivencia de
“agresión” sobre su sentimiento de sí.
No obstante, esta forma violenta de “auto-cuidado” no es casual. Los que se cortan conocen de forma íntima
la experiencia de violencia emocional, a veces también exacerbada por
violencia física. Los individuos que son particularmente vulnerables a
la auto-lesión, personas con historias traumáticas (Herman, 1992),
vejaciones sexuales (Davies & Frawley 1994), lesiones físicas y
enfermedades (Kafka 1969; Rosenthal et. al., 1972 ), trastornos de la
alimentación, y aquellos con trastorno límite de la personalidad
(Kernberg 1975; Fowler 1998), tienen todos en común un núcleo
vivencial. Para ellos, las heridas psíquicas constituyen instancias de
violencia emocional y vulnerabilidad insoportable que deben gestionar
solos.
Lo
central en estos casos es cómo se entiende, vive y gestiona la
vulnerabilidad (Doctors, 1999). No hago distinciones entre la
experiencia de vulnerabilidad emocional extrema y la experiencia de
vulnerabilidad física extrema, porque aunque sea un artífice
heurístico, sugiere distinciones en la experiencia que sólo existen en
estados patológicos. Una cuestión a considerar: ¿se puede imaginar una
experiencia emocionalmente violenta que no se viva físicamente? Cuando
la respuesta es afirmativa, hemos definido la disociación de la
experiencia que es patognomónica del trauma (Herman, 1992).
Al
trabajar con un adolescente que se auto-corta, haya o no una historia
clara de trauma físico, uno se encuentra con la urgencia, la
desesperación y el desespero de tener que gestionar estados de
vulnerabilidad muy amenazantes. No solo han existido experiencias de
fondo de violencia emocional en las cuales el individuo “aprendió” a
contar con técnicas de auto-gestión más que a esperar que los otros le
ayuden a gestionar sus sentimientos, sino, decisivamente, las
organizaciones del self que se forman en tales circunstancias son
bastante frágiles. Los observadores que usan la terminología de
“sobre-reacción” para la auto-lesión no conciben que el auto-cortarse
sea una medida de emergencia. Además de soportar las emociones
“violentas” y sentirse “violentamente” rechazados y malentendidos, los
que se cortan tienen que gestionar un estado de la mente que no pueden
aguantar. Comprender estos estados y ayudar al adolescente a
gestionarlos de forma menos maladaptativa es central en la tarea
terapéutica. Estoy convencida de que es posible transformar la
vulnerabilidad subyacente de estos casos. El éxito de esta tarea
terapéutica depende de la díada paciente-terapeuta y de las
circunstancias del tratamiento, consideraciones que quedan fuera del
ámbito de este capítulo. (Véase Doctors, 1999 para una discusión de las
dificultades en la interacción en el tratamiento de la auto-lesión).
Notas Epidemiológicas
“Existen
muchos indicios que sugieren que la auto-lesión es un fenómeno conocido
por la comunidad psiquiátrica desde casi 90 años (Emerson, 1914), y que
probablemente es universal, existiendo casos tanto en Japón y Alemania
(Uemura 1975; Janus 1972) como en los Estados Unidos y Gran Bretaña. El
primer caso que definió el cortarse las muñecas como un fenómeno
extendido entre los adolescentes en hospitales psiquiátricos fue
descrito por Offer y Barglow en 1960. Encuestas repetidas en el
hospital Monte Sinaí en Nueva York (Rinzler y Shapiro, 1968)
establecieron que entre un 5 y 20 por ciento de los pacientes
ingresados presentan el problema de “cortarse las muñecas”. Desde luego
que esta conducta no solo se observa en los ingresos hospitalarios, ni
tampoco la auto-lesión se limita a la zona de las muñecas. Se ha
observado que los que se auto-cortan[2]
se hacen incisiones en la cara, pecho, mamas, estómago, brazos, y
piernas (Crabtree 1967; Emerson 1914; Kafka 1969; Pao 1969)." (Adaptado
de Doctors, 1981).
Las
formas de conducta auto-lesiva vistas en otras poblaciones nos son de
interés. La auto-lesión, morderse, arañarse la piel, golpear la cabeza,
y golpearse con objetos son conductas que frecuentemente acompañan
trastornos no psiquiátricos. Se encuentran estas conductas en los
trastornos de desarrollo (retraso mental y autismo), trastornos
neurológicos (el síndrome de Tourette, neuroacantocitosis, y epilepsia
del lóbulo frontal), y trastornos genéticos (el síndrome Lesch-Nyhan,
síndrome Prader-Willi, síndrome Smith-Magenis, y el síndrome de X
frágil). Aunque generalmente no atendemos a estos pacientes, los que sí
lo hacen (y que han de afrontar la tarea de manejar los efectos
auto-destructivos de estas conductas) han realizado investigaciones que
son de nuestro interés y de las que hablaré más adelante.
Desde
hace muchos años se considera un fenómeno predominantemente femenino
(Graff and Mallin 1967; Phillips and Alkan 1961; Simpson 1975) y la
mayoría de estudios sugieren que hasta un 95% de las personas con estas
conductas son féminas. Mientras algunos autores cuestionan esta
conclusión (Di Clemente et. al., 1991; Briere & Gil 1998), yo sigo
pensando que para los chicos y hombres, auto-cortarse es un fenómeno
secundario; los varones tienden a recurrir a esta conducta en
circunstancias especiales, cuando sus modos habituales de regular la
frustración y la tensión están bloqueados. Se suele observar esta
conducta en varones en centros de detención juvenil y cárceles,
encuadres que restringen los habituales modos masculinos de gestión de
tensión, tales como el alcohol y las peleas.
Existe
una impresión generalizada de que la incidencia de la auto-lesión está
creciendo. Sin embargo, a pesar de un informe (Di Clemente et al, 1991)
que señala que el 61% de adolescentes ingresados en instituciones
psiquiatritas practican la auto-lesión, no hay que llegar a la
conclusión anticipada de que la auto-lesión se ha incrementado tres
veces o más en los EEUU. Ahora es mucho más difícil ingresar a un
adolescente en una institución psiquiátrica que hace 25 años, y esta
hospitalización prácticamente requiere la presencia de señales
alarmantes tales como la auto-lesión. Por tanto, los datos de los
hospitales no tienen el mismo significado que antes; y otros estudios a
gran escala, simplemente no existen.
Aunque
no tenemos datos fiables, la mayoría de terapeutas con consultorios con
muchos pacientes, creemos que la auto-lesión se ha hecho mucho más
común entre los adolescentes. Igual que con los trastornos de la
alimentación, la auto-lesión ya no es un síntoma enteramente
auto-inventado. A través de artículos de revistas, programas de
televisión y libros de divulgación, este síntoma ha llegado al gran
público. Seguro que la anorexia nervosa que sufrió Isak Dinesson fue
creada puramente de sus circunstancias psicológicas, sin embargo, hoy
nuestros jóvenes aprenden sobre estas cosas en todas partes, la escuela
incluida. Que quede claro que no soy crítica de iniciativas en la
educación, ni tampoco trivializo esta conducta diciendo que se hace por
imitación, más bien sugiero que hay una diferencia entre los individuos
para los que un síntoma es una ingenua creación propia y aquellos que
observan el síntoma y encuentran que les “atrae”. Y en última
instancia, la publicidad influye sobre la incidencia.
Un Compuesto Fenomenológico
Como
existe una gran concordancia entre los investigadores en cuanto a la
fenomenología del acto mismo, nos es posible ofrecer una descripción
unitaria. Los terapeutas creen que la conducta surge como una reacción
a una separación real o amenazada (Pao, 1969; Rosenthal et. al., 1972),
una pérdida (Goldwyn, Cahill, and Grunebaum 1967; Grunebaum and Klerman
1967), o desilusión (Novotny 1972), sea en la realidad o en la
fantasía. La experiencia consciente que tiene el paciente es la de
sentirse completamente solo y de empezar a sentirse muy tenso (Pao,
1969), o enfadado (Nelson and Grunebaum, 1971). Después de un período
de tensión, el paciente decide aislarse. Hay una sorprendente
unanimidad en este descubrimiento: cortarse es casi siempre un acto
solitario. Se da un cambio para sentirse “anestesiado,” “irreal,”
“vacío” (Rosenthal et al 1972), o “muerto” (Asch, 1971). Un paciente
decía: “Sientes mucho, pero luego no sientes nada.” Los pacientes, casi
uniformemente, no experimentan dolor cuando se cortan (Graff and Mallin
1967; Grunebaum and Klerman 1967; Novotny 1972; Pao 1969; 1972; Simpson
1975). La experiencia de dolor es concomitante con sentirse vivo y real
de nuevo (Kafka, 1969). Por eso, los pacientes a veces informan de que
se cortan hasta que empiezan a sentir dolor o hasta ver sangre (Asch,
1971). Mientras que algunos pacientes pueden sentir temporalmente
repugnancia, arrepentimiento o culpabilidad (Pao, 1969), esto da paso a
la experiencia de satisfacción y calma de que muchos pacientes informan
(Friedman, Glasser, Laufer, Laufer, and Wohl 1972; Graff and Mallin
1967; Grunebaum and Klerman 1967). (Doctors, 1981, p. 444.)
Avances en la Teoría y la Investigación I: Comprensiones de la Conducta Auto-reguladora
¿Qué
es la conducta auto-reguladora? Con la auto-regulación nos referimos a
la organización continuada que hace el individuo de sus estados
internos. Cada individuo actúa para proteger su integridad al mantener
la excitación del organismo dentro de unos límites tolerables
desarrollados personalmente. Cada uno de nosotros lo hacemos a nuestra
manera. Algo de nuestra actividad de auto-gestión es consciente y hay
partes que quedan fuera de nuestra consciencia. Gestionamos nuestro
sueño, el hambre, la evacuación y nuestras necesidades sexuales, pero
también nos gestionamos momento a momento en formas mucho más sutiles
como a través del control de la atención, tocarse y hablarse a uno
mismo, y también a través todas las formas de organizar nuestro flujo
cognitivo y afectivo. Con la investigación empírica de la primera
infancia incrementamos y profundizamos nuestra comprensión de esta
dimensión de desarrollo normal al demostrar como cada individuo es
influido por su propia conducta (auto-regulación) y también por la de
su “pareja” (regulación interactiva). “La regulación interactiva
discurre en las dos direcciones, así, cada uno experimenta tanto
influir la conducta del otro como estar influido por ella. La conducta
es [por lo tanto] a la vez comunicativa y auto-reguladora, así, todos
los cambios del influir al otro y estar influido por el otro van
acompañados de cambios simultáneos en la conducta y excitación
auto-reguladoras." (Beebe & Lachmann, 1998, p. 509).
Hay
varias maneras en que están vinculados el estado interno y los procesos
interactivos porque la auto- regulación y la regulación interactiva se
dan al mismo tiempo, cada uno influyendo al otro. Ahora se reconoce que
aspectos de la conducta (pensados antes como que solo reflejaban la
dotación de un único individuo) se refieren también a un sistema
diádico particular. Por ejemplo, Sander (1977, 1985) ha demostrado en
cuanto a los propios estados internos del individuo que cada sistema
diádico construye una facilitación única de ellos, una restricción al
acceso de ellos, la consideración que tiene de ellos y también la
capacidad de usarlos. Un ejemplo de esto es el argumento de Fonagy
(Fonagy et al, 1991) de que la capacidad de auto-reflexión, desde el
punto de vista del desarrollo, emerge dentro de un proceso interactivo.
La función de auto-reflexión se desarrolla cuando uno puede encontrar
una reflexión de sí mismo en la mente de otra persona auto-reflexiva.
Comprender
esta relación tan altamente coordinada entre la regulación interactiva
y la auto-regulación me ha permitido ver que los problemas que he
observado en las relaciones de objeto y el desarrollo del self
de los que se auto-cortan (Doctors, 1981) están relacionados con
vulnerabilidades en la auto-gestión. Paradójicamente, aunque es más
difícil para los que se cortan auto-regularse de forma efectiva,
dependen más de organizarse así mismos que otras personas porque han
"aprendido" a anticipar la ansiedad que deriva de la interacción, y
retraerse de ella. Las formas extremas de auto-gestión son
compensaciones adquiridas. Mientras estos individuos parecen retraerse
de la interacción con los otros y tienden a gestionarse solos, su
auto-gestión lleva la impronta de su historia relacional. Tanto si
sirve para calmar y contener un estado psicológico insoportable
(asociado con experiencias de violencia emocional), o si sirve para
restaurar el sentimiento y rescatar al individuo de una experiencia de
sentirse muerto, vacío o despersonalizado, la auto-lesión funciona:
cambia el estado de self.
Avances en la Teoría y la Investigación II: Relaciones Cerebro-Conducta
Antes
de pasar a los casos clínicos, quiero considerar la neuro-bioquímica de
la auto-lesión, ya que es útil que los terapeutas consideren la
posibilidad de que esta conducta se vuelva constante precisamente por
la razón de que ofrece alivio. El conocimiento científico de las
relaciones entre cerebro y conducta proviene de los estudios sobre el
trauma y el estudio de conductas de auto-lesión[3] en individuos con retraso mental y con trastornos neurológicos y genéticos.
Hubo,
durante los años 90, muchos intentos de describir los procesos y
sistemas neurobioquímicos afectados por el trauma (Charney et. al 1993,
Chu 1998, Hartman & Burgess 1993, Le Doux 1996, Saporta & Case
1993, Van der Kolk 1996, 1997; Yehuda 1999). Estos investigadores
alegan que durante el trauma, altos niveles de excitación emocional
interfieren con las funciones cerebrales normales de procesamiento de
experiencia. Según este punto de vista, datos sensoriales se almacenan
como huellas mnémicas cargadas afectivamente sin asociaciones en el
lenguaje. Los individuos afectados de esta forma están entonces sujetos
a una tensión crónica e intensa; sienten miedo o se sienten abrumados
por experiencias que no pueden formular ni comunicar en palabras, es
decir, una experiencia no organizada. Bessel Van der Kolk (1989)
propuso la hipótesis de que la auto-lesión "trata" tal angustia porque
descarga opioides endógenos. El incremento de opioides endógenos en el
cerebro produce “calma” y “lucidez”, una experiencia característica
descrita por muchas personas después de cortarse. Él sugirió que puede
crearse un ciclo tipo adicción en que la disminución natural de
opioides endógenos durante un tiempo después de cortarse lleva a que
algunos de los que se auto-cortan busquen un estado de calma en
cortarse de nuevo en un intento, consciente o no, de conseguir la
descarga de opioides. La implicación es, evidentemente, que existen
potentes mecanismos neurobioquímicos que refuerzan la conducta de
auto-lesión y contribuyen a su constancia.
Un
apoyo independiente para esta hipótesis procede de un corpus muy grande
de investigación en conductas de auto-lesión en poblaciones
no-psiquiátricas (véase Schroeder, Oster-Granite & Thompson, 2002,
especialmente (Cap. 13 por Sandman & Touchette) Sandman and
Touchette (2002) han concluido que entre individuos con retraso mental
y afectados de anomalías neurológicas y genéticas, (a) existen patrones
de conducta que sugieren que causas (biológicas) internas son las
responsables de conductas de auto-lesión en la mayoría de individuos,
(b) el sistema de opioides endógenos está alterado en individuos que
muestran conductas de auto-lesión, y (c) intervenciones farmacológicas
centradas en el sistema de opioides endógenos, reducen y a veces
eliminan, conductas de auto-lesión en una proporción significativa de
estos individuos” (pág. 192).
Los
investigadores que estudian este problema también están investigando
los modelos y mecanismos relacionados con la auto-lesión y la
experiencia de dolor (Symons, 2002), porque la auto-lesión severa que
se da con altos índices en la población de personas con retraso mental,
por ejemplo, solo se entiende parcialmente y aun queda mucho para que
esta situación mejore. Estudios experimentales del dolor agudo se han
extendido a otros pacientes psiquiátricos con trastorno límite de la
personalidad. Consecuente con los relatos personales, los pacientes con
trastorno límite de la personalidad que refieren no sentir dolor a la
auto-lesión responden a la inducción experimental de dolor agudo con
analgesia y con una subsiguiente mejora de su humor. Esto lleva a los
investigadores a especular que estos efectos son debidos a mecanismos
cerebrales, los cuales se creen reguladores tanto del dolor como del
afecto (p.ej. el sistema de péptidos opioides endógenos y los sistemas
serotonérgicos (Symons, 2002; Russ et. al, 1992).
Aunque
todavía no estamos en una posición para entender completamente las
conexiones entre conducta y cerebro que afectan al humor y a la
experiencia de angustia y su alivio de forma tan poderosa, ese trabajo
tiene interés para aquellos que trabajan con adolescentes que se
auto-cortan. Sugiere que estimular la piel o cortarla en diferentes
sitios y de diferentes maneras debe producir unos efectos calmantes
inmediatos. Es una tentación adoptar esta perspectiva porque da cuenta
de la persistencia de conductas manifiestas de auto-lesión en una alta
variedad de individuos: personas con retraso mental sin lenguaje,
personas claramente traumatizadas sin lenguaje a causa de su angustia,
y adolescentes (y adultos) que sufren de varias formas de ansiedad
psicológica. Además, sugiere que tenemos que ir con cuidado en el
tratamiento de este síntoma, ya que a no ser que se perciba y se mejore
la vulnerabilidad subyacente a la angustia, es muy posible que se
cronifique.
Ejemplos Clínicos
Los
ejemplos clínicos no pueden “demostrar” una teoría clínica, solo
ilustran cómo se utiliza una teoría con los pacientes. Daré ejemplos de
adolescentes vistas muy temprano en su actividad lesiva de cortarse
para mostrar como la comprensión de la co-construcción de la
auto-regulación y la regulación interactiva abre una ventana a la
experiencia subjetiva de los que se auto-cortan y como ayuda en su
tratamiento. La intervención precoz, potencialmente evita la evolución
de los ciclos adictivos que pueden hacer que la conducta sea tan
refractaria al tratamiento. Cuando intervenimos precozmente y podemos
entender la relación entre patrones interactivos y dificultades en la
auto-regulación, a menudo podemos conseguir un gran éxito en limitar la
conducta y mejorar el problema regulatorio subyacente. He escogido
casos con manifestaciones similares para demostrar que conductas que
parecen semejantes pueden tener significaciones diferentes y responder
a intervenciones de distintas maneras. Comienzo con dos casos dando una
ilustración del impacto de un apego inseguro. La teoría del apego es un
ejemplo específico de la co-construcción de la auto-regulación y la
regulación interactiva, y nos abre una ventana para poder ver los
patrones característicos que se establecen desde el punto de vista del
desarrollo. (Doctors, 2002) (Ejemplos detallados de individuos que se
cortan de manera más crónica pueden verse en publicaciones anteriores
[Doctors 1979, 1981, 1999]) .
Amanda
La
Sra. J. pidió consulta después de que las amigas de Amanda la llamaran
por teléfono para informarle de que Amanda se había auto-cortado varias
veces. Amanda comía y dormía irregularmente y no atendía a sus
estudios. La madre, a quien otro clínico había descrito como “áspera” y
“controladora”, era consciente de que la relación con su hija de 14
años había sido perturbada por la conducta repulsiva del novio de la
madre (que cohabitaba con ellas), y su propia inhabilidad para proteger
a su hija de forma efectiva o de comunicarse con ella abiertamente. Me
impresionó el contraste entre la destacada inteligencia de la madre, y
el patrón de comunicación perturbado que se me evidenciaba. Había una
notable ausencia de expresiones faciales, y sí las había, no cuadraban
con sus palabras. Su discurso no era colaborativo, me explicaba
conductas bizarras sin pensar que yo podría reaccionar ante lo que me
decía. Cualquier intento mío de responder o participar fue firmemente
apartado.
El
discurso de la madre llevaba la huella de sus trastornos interactivos y
auto-regulatorios. Parecía suprimir las emociones en ella misma y
desconectar de su entorno cuando el contenido estaba cargado de afecto.
Tal evidencia de un apego inseguro me hizo pensar en la interacción
entre madre e hija y como ésta afectaba la auto-regulación de la hija.
En
nuestra primera sesión, Amanda se describía como una persona que a
menudo decía cosas “sacadas de la nada” que “sin sentido”. De hecho, su
discurso era bastante inconexo, pero a diferencia de la madre, ofrecía
unas pistas que me ayudaban a entenderla. Además, era más abierta que
la madre y me permitía conectar con ella, señal de buen pronóstico.
Amanda hablaba de las circunstancias en que su madre parecía “quedarse
congelada” de forma dramática e inexplicable como por ejemplo, cuando
alguien derramaba algo en la mesa. Aunque Amanda reía, le comenté que
la intensidad de la reacción de su madre, la mirada y el tono de voz
daban miedo. Cuando acababa la sesión, soltó: “Ah, una cosa más. Mi
madre me tiene miedo, de verdad, créeme”. Pude responder: “Creo que
entiendo. A veces no solo da miedo estar cerca a ella, sino también
tiene miedo de ella misma y tú has estado allí cuando parece tenerte
miedo a ti."
Creo
que esto es un ejemplo de como un patrón de apego desorganizado afecta
al estilo interactivo y auto-regulatorio de la hija.
El
discurso deficitario de la madre refleja su propia falta de
experiencias de apego y a la vez perturba su proceso interactivo con
Amanda.
Amanda
ha tenido que hacer frente a la experiencia subjetiva de una “pérdida”
repentina de “estar-en-relación”, de repente su madre
(psicológicamente) está ausente, y Amanda se encuentra sin nadie para
gestionar sus reacciones afectivas. Como resultado, al sentirse
angustiada, no esperaba poder recurrir a nadie que la ayudara a
gestionar sus sentimientos.
El
énfasis que yo ponía en la sintonización afectiva y la integración
emocional en el tratamiento de Amanda llevó a que se reorganizara en
muchos campos. Amanda demostró la alentadora capacidad de usar una
nueva relación, la que nos estimula para trabajar con adolescentes. Los
trastornos del sueño y las dificultades para estudiar se aliviaban, y
la auto-lesión desapareció. Ya no tenía un humor depresivo. En menos de
seis meses, las comunicaciones de Amanda se hicieron más fluidas y más
auto-reflexivas. Las interacciones dentro de la familia seguían
perturbadas, sin embargo, Amanda las gestionaba mejor (aunque se
retraía). La madre quería sesiones madre-hija, y yo las recomendé, pero
Amanda se negó. Y a pesar de que la auto-lesión ya forma parte del
pasado, el tratamiento continua. Independientemente de que hablemos de
sus amigas, de sus profesores, o de algún chico “especial”, confio en
que los procesos diádicos que caracterizan nuestra interacción seguirán
contribuyendo a la reorganización de su auto-regulación y regulación
interactiva.
Rebeca
La
escuela de Rebeca sugirió consulta después de que otras chicas de su
curso informaran de que estaban preocupadas porque Rebeca se había
auto-cortado, consumía drogas y alcohol indiscriminadamente, y formaba
parte de un grupo conflictivo dentro de su colegio. Los conflictos con
su madre demostraban otro prototipo de apego. Se centraban en los
incesantes intentos invasivos de la madre para controlar a Rebeca, y el
rechazo de las preferencias e intereses que tenía Rebeca que no
coincidieran con los suyos. Como para la madre conseguir logros
escolares era muy importante, le preocupaban las notas. Y como la madre
no había sido una persona muy “social” y nunca tuvo curiosidad ni
experiencia con las drogas, se despreocupada; solo pedía que Rebeca le
contara cuando bebía alcohol o consumía drogas. La madre relató que
ella misma había compartido todo, incluso su primera experiencia
sexual, con su propia madre y además, el hecho de que la preocupación
sobre la reacción de su madre continuaba dominando sus pensamientos
cuando interactuaba con su familia de origen me llevó a pensar que ella
tenía problemas con su propio apego materno. En cuanto a este caso, mi
“hipótesis de apego” estuvo reforzada por muchos detalles omitidos en
este trabajo.
Rebeca
hizo frente a las intrusiones maternas rechazandolas abruptamente. Sus
tentativas de escapar del control de su madre la habían dejado
irreflexiva e impulsiva. Tendía a ser despreocupada, a pasar
alegremente de los problemas surgidos de sus interacciones. Dicho de
otra manera, Rebeca le daba poca importancia a la manera de gestionarse
tanto social como académicamente.
Rebeca
tenía un apego inseguro con ambos padres, aunque podía conversar con su
padre con más facilidad. Los chicos inseguros llegan a la adolescencia
con necesidades especiales de sentirse valorados. Como ocurre a menudo,
Rebeca sentía su entorno social como una segunda oportunidad para ganar
el reconocimiento que anhelaba. Encontrándose más cómoda con los chicos
que con las otras chicas, y siendo una chica muy guapa, a los 13 años
fue "descubierta" por los chicos mayores y empezó a “tontear”, a beber
alcohol y a consumir drogas. Después de un breve coqueteo con un
trastorno de la alimentación, empezaron los episodios de auto-lesión en
medio de un conflicto social en el instituto. Las chicas mayores no
aceptaban su presencia y Rebeca fue el blanco de horribles chismorreos;
su capacidad para comprender emocionalmente a otros y anticipar sus
reacciones a su propia conducta estaba tan pobremente desarrollada sus
propias meteduras de pata complicaban su sufrimiento.
Rebeca
se sentía abrumada por su vida social. Hablar del problema en su
tratamiento individual fue muy informativo para nosotras dos, a medida
que llegamos a ver como a menudo Rebeca “olvidaba” considerar las
consecuencias de sus acciones y no podía ponerse en la piel de otro,
como solían hacer las otras chicas adolescentes. La transmisión entre
modos de organización psicológica entre generaciones se observa cuando
los padres no logran reflexionar sobre las mentes y los afectos de sus
hijos y estos adolescentes carecen de las mismas capacidades. Rebeca ni
era auto-reflexiva ni empática con los demás. No era feliz y estaba
confusa, y me permitía saberlo.
Con el
tratamiento se dieron momentos interesantes. Le dije que yo pensaba que
ella precisaba de todo su ingenio para hacer frente a sus apuros
sociales de forma efectiva, y le expliqué directamente como abstenerse
del alcohol y la marihuana podría ayudar. Estuvo de acuerdo, aliviada
por poder hacer algo que la hiciera sentir menos perdida.
El
interés que tenía en mis observaciones sobre su familia llevaron a
adicionales sesiones de familia. La tarea en el trabajo de familia fue
la de animar a la madre y al padre a "dejar espacio" para el punto de
vista de Rebeca, tanto en la manera en que ellos la consideraban como
en sus comunicaciones con ella. Yo intentaba facilitar una interacción
en la que Rebeca podía empezar a articular su punto de vista, para
consigo misma y también con ellos. Vimos en las sesiones familiares la
insoportable tensión que experimentaba Rebeca cuando sentía que no
conseguía que su madre le hiciera caso, por mucho que ella lo
intentara. En el tratamiento individual le dije a Rebeca que yo pensaba
que la horrible tensión que ella había descrito en relación a la
frustración con su madre de alguna manera tenía que ver con los estados
en los que se cortaba, y ella respondió emocionada: “Totalmente. Sentía
que iba a reventar. Piénsatelo visualmente", dijo, "tuve que sacarlo.
La sangre hacía eso”. Su familia empezaba a “escucharla”, y a medida
que ella articulaba su punto de vista, era algo más consciente de sí
misma y más hábil en su auto-gestión. Sin decir nada a nadie, Rebeca
dejó de tomar los antidepresivos recetados por su terapeuta anterior. A
pesar de esto, su estado de ánimo mejoró de forma espectacular, lo
mismo que ocurrió con sus estudios. Tomó medidas para moderar su vida
social. Poco a poco se retiró de la movida tan acelerada, retomó
amistades con chicas que había dejado, y estableció relaciones que la
ayudaban a desarrollar más sus capacidades socio-emocionales.
Melinda
Quiero
hablar de otra chica de 14 años, por si diera la impresión de que todos
los problemas de auto-regulación provienen exclusivamente de las
interacciones familiares. Melinda solo se había cortado un par de
veces, en estas ocasiones haciéndose unos cortes muy pequeños y
delimitados. Después de una llamada del coordinador de colonias, quien
creía que Melinda estaba abrumada por circunstancias sociales a las que
no podía hacer frente, sus padres pidieron hora.
La
reticencia de Melinda parecía mayor de lo que se podía atribuir a la
timidez. Se apreciaron índices de un umbral de dolor inusualmente alto,
y evidencia de una inmadurez social moderada. Pedí tests psicológicos
para evaluar mis sospechas de que se dieran dificultades en la
expresión oral y la posibilidad de un autismo funcional o síndrome de
Asperger. Los tests confirmaron dificultades de leves a moderadas en la
expresión oral. El informe también dio cuenta de los niveles de
frustración relacionados con la forma con que los padres se
relacionaban verbalmente con ella. Aunque yo era consciente de la
tendencia de la madre a compensar la baja producción verbal de Melinda
al hablar por ella y hacerle preguntas fáciles a las que se podía
responder con un "sí" o “no”, yo no había notado el sarcasmo del padre
ni tampoco de cómo sus burlas influían en la desgana de Melinda a
hablar. No aparecieron señales de incapacidad, en los tests, desde el
punto de vista del desarrollo.
En la consulta, Melinda y yo hablamos de los cortes que se había hecho cuando se sentía desbordada por la frustración. Me
sentía libre para hacerselo saber con cuidado, como a menudo hago, que
tales conductas pueden volverse adictivas y que podría ser prudente
hacer planes para que eso no ocurriera. Después de hablarlo, ella
decidió que si se sentía frustrada y abrumada en casa, pondría música y
bailaría hasta calmarse, ya que bailar era su actividad preferida. Si
se sintiera mal y no pudiera bailar, propuso imaginarse bailando hasta
que se sintiera calmada por los sentimientos asociados con la imagen.
Fíjense que utilizamos movimiento e imágenes para compensar las
carencias del diálogo interno. Como en otros ejemplos el uso de
técnicas cognitivas-conductuales de gestión en el tratamiento, sirvió
para elaborar un programa de prácticas, que seguiría. Unos meses
después llamó Melinda para preguntar si yo pensaba que un ejercicio de
gimnasia como dar saltos con palmadas le iría bien en el caso de
sentirse frustrada cuando estaba de colonias, en una habitación donde
no había espacio para bailar.
La
particular incapacidad lingüística de Melinda le causaba problemas en
su auto-regulación (la disminuida capacidad para el “diálogo interno”)
y contribuía a dificultades en la regulación interactiva. En
lugar de hacer un tratamiento con Melinda, continuó el caso con
sesiones de orientación para los padres. Melinda se encuentra con un
orientador escolar que le cae especialmente bien en un encuadre que le
permite ejercer la auto-expresión. Sus padres han recibido una
formación sobre los modos de fomentar intercambios verbales
significativos con ella. La consulta parece haber sido exitosa sin más
episodios de lesiones en el último año.
Conclusión
Comúnmente
se cree que la auto-lesión es un “grito de ayuda” y/o que es una
manipulación. Estas formulaciones hacen hincapié en la función
comunicativa de la auto-lesión pero omiten el aspecto auto-regulatorio
que considero clave. Y efectivamente, he destacado que las dos cosas
están vinculadas de manera inextricable y que las dos dimensiones deben
ser consideradas a la hora de evaluar los que se auto-cortan.
Comprender
y conectar con la experiencia subjetiva de los adolescentes que se
auto-cortan sigue siendo el centro de nuestros esfuerzos. Siempre se
descubren momentos en que un adolescente se siente abrumado y sin
capacidad para enfrentarse. En la terapia individual y/o terapia
familiar se tratan estas vivencias de sentirse solos tratando de
gestionar una vulnerabilidad insoportable, y también son transformadas
en la díada paciente-terapeuta.
En
este trabajo se han presentado brevemente los casos de tres chicas de
14 años atendidas poco después de la aparición de la auto-lesión. He
intentado demostrar que dificultades en la auto-regulación y regulación
interactiva están implicadas en la dependencia del cortarse como
técnica calmante. Mientras cada una utilizaba el cortarse con
propósitos auto-regulatorios al sentirse emocionalmente desbordadas, la
naturaleza del trastorno interactivo que contribuía a las dificultades
en la auto-regulación eran distintas para cada una de ellas. Amanda
sentía que su madre “desorganizada-disociada” la rechazaba
emocionalmente, mientras “preocupada" madre de Rebeca fue percibida por
su hija como invasiva emocionalmente y frustrante. Y aunque el
trastorno moderado en la expresión verbal de Melinda conllevaba retos
especiales en la interacción padres-hija, en los tres casos se observa
una disfunción significativa en la regulación diádica de la ansiedad
emocional. Patrones de comunicación entre padres e hijos están
directamente relacionados con las dificultades en la auto-regulación
del hijo; la reorganización de estos patrones es una forma en que
problemas en la auto-regulación pueden mejorarse (lo hemos visto en el
caso de Rebeca). Y al revés, resolviendo dificultades en la
auto-regulación, como ocurrió con Amanda en un tratamiento individual,
mejora la capacidad de la regulación interactiva. He intentado
demostrar que dificultades en la auto-regulación y en la regulación
interactiva tienen que ver con la dependencia a cortarse como una
técnica calmante.
Otros
temas clínicos mencionados aquí, merecen una exploración más profunda:
(1) el uso de la terapia familiar y de la orientación paterna para
mejorar las capacidades funcionales del adolescente, (2) el hablar
directamente con adolescentes acerca de la experiencia de cortarse y
como evitarlo, (3) la influencia del consumo de drogas y alcohol en la
incidencia de la auto-lesión, (4) la cuestión de la elección de
síntomas y la relación entre trastornos de la alimentación y la
auto-lesión. Me he centrado en el desarrollo y la transformación de las
dificultades en la auto-regulación emocional, he intentado hacer
hincapié en la auto-lesión como una solución a la disfunción
en el área de auto-regulación y he mencionado los procesos
neurobiológicos que pueden contribuir a que la auto-lesión sea una
conducta “adictiva”.
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[1] N. Del T. : nos referimos a “auto-lesión” para denominar delicate cutting, auto-cortarse de forma superficial.
[2] N. del T. “Cuttters” o “cortadores” en la versión original en inglés.
[3] N. de los T: en inglés “self-injurious behaviours” (SIB)












Comentarios
Lo más dificil comenzo entonces, se aparto de las amigas de siempre y solo veia a una amiga q por desgracia era incontrolable.Mi hija comenzo atener una conducta agresiva y peligrosa .Los vomitos despues de cada comida, la medicación no hacia efecto ya q la vomitaba.
Su siquiatra decidio ingresarla en Ita Barcelona.Al principio lo acepto bien,pero ahora no soporta estar alli y ha empezado con las autolesiones.Ella dice q ya esta bien,pero sigue vomitando durante los permisos con elconsiguiente problema con la medicación.Esta consumiendo maria y cocaína hasta qnos hemos enterado por sus amigas de siempre a las que tiene totalmente marginadas.Los permisos para venir a casa son más cortos y aun así cuando viene es como si fuera el ultimo dia de su vida.En este momento su terapeuta no tiene claro que hacer con ella, tiene un trastorno serio de personalidad y no lo acepta.Es posible que vaya a un piso tutelado en Barcelona para separarla de su entorno.Bueno ya seguire comentando como va esto,pero en este momento estamos muy desorientados.