Víctima es todo ser humano que sufre un malestar emocional a causa del daño
intencionado provocado por otro ser humano. Junto al elemento objetivo (el suceso
traumático), hay un componente subjetivo (las emociones negativas). Estas reac-
ciones emocionales (miedo intenso, depresión, rabia, sensación de inseguridad,
problemas en las relaciones interpersonales, embotamiento afectivo, etc.) son muy
variables de unas víctimas a otras. Hay casos, incluso, en que las víctimas pueden
dotar a su vida de un nuevo significado e incluso desarrollar emociones positivas en
situaciones muy estresantes (Pelechano, 2007; Tedeschi y Calhoun, 2004).
Sin embargo, lo más habitual es que los sucesos traumáticos desborden la capa-
cidad de respuesta de una persona, que puede sentirse sobrepasada para hacer
frente a las situaciones que se ve obligada a afrontar. En estos casos la persona
es incapaz de adaptarse a la nueva situación y puede sentirse indefensa y perder
la esperanza en el futuro, lo que le impide gobernar con éxito su propia vida y es
fuente de problemas adicionales (malestar emocional, abuso del alcohol, dificulta-
des en las relaciones interpersonales e interferencia negativa en la actividad laboral
o académica). En general, el daño intencional tiene un impacto psicológico mucho
más significativo en la víctima que los accidentes o los diversos tipos de catástrofes
(Echeburúa, 2004; Fernández Liria y Rodríguez Vega, 2002).
La reacción de la víctima, según el paradigma de Lazarus y Folkman (1984),
depende de parámetros objetivos relacionados con acontecimientos estresantes
externos (tales como la intensidad, la duración y la acumulación de sucesos de vida
estresantes), pero también de la evaluación cognitiva de la víctima en relación con
los recursos psicológicos (intra e interpersonales) disponibles para hacer frente a los
eventos estresantes.
Al margen de la evaluación cognitiva, la vulnerabilidad de la víctima para desa-
rrollar reacciones negativas postraumáticas está relacionada con una fragilidad emo-
cional previa, con una historia anterior de sucesos traumáticos, con la existencia de
una psicopatología familiar, con la presencia de reacciones disociativas durante el
suceso traumático y con la inexistencia de una red de apoyo familiar y social (Amor,
Echeburúa, Corral, Zubizarreta y Sarasua, 2002; Echeburúa, 2007a).
En síntesis, el alcance del daño psicológico está mediado por la gravedad del
suceso, el carácter inesperado del acontecimiento y el daño físico o grado de riesgo
sufrido, la mayor o menor vulnerabilidad de la víctima, la posible concurrencia de
otros problemas actuales (a nivel familiar y laboral, por ejemplo) y pasados (historia
de victimización), el apoyo social existente y los recursos psicológicos de afronta-
miento disponibles. Todo ello configura la mayor o menor resistencia de la víctima
al estrés (Tablas 1 y 2) (Echeburúa, Corral y Amor, 2007).
Objetivamente una víctima va a serlo para siempre. Pero por lo que se refiere
al componente subjetivo, que es el que resulta más significativo psicológicamente,
las víctimas deben dejar de ser víctimas lo antes posible, como el depresivo o el
cardiópata deben dejar de serlo. La identidad de víctima a perpetuidad es contra-
producente porque prolonga el duelo de los afligidos y los lastra para comenzar
un nuevo capítulo de su vida. De lo que se trata, en definitiva, es de que la víctima
comience de nuevo a vivir y no meramente se resigne a sobrevivir (Rojas Marcos,
2002).
No todas las víctimas necesitan una terapia para salir adelante (McNally, 2007).
El objetivo de este artículo es analizar los indicadores de intervención psicológica en
víctimas de sucesos traumáticos, bien como programas de intervención en crisis o
como intervenciones psicológicas más sistematizadas, así como plantear los objeti-
vos propuestos y los tipos de tratamiento aconsejables.
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Enrique Echeburúa y Paz de Corral
Universidad del País Vasco (España)
http://www.ehu.es











